Pierde 10 kilos en 22 días: Storytelling en nutrición
- Lini Alvarez

- 16 oct
- 6 Min. de lectura
En cierto modo pensamos que puede sernos útil cuando vemos o escuchamos: “esto es lo que me ha funcionado para…”, “Perdí 10 kg con ….”, “Dormí mejor cuando tome ….” o algo similar.

Es difícil no pensar en que a nosotros nos pueda funcionar eso que se promociona y más aún cuando la persona que lo dice continúa la historia con recomendaciones personales, como si se tratara de una narración.
Este contexto anecdótico funciona porque a nuestro cerebro lo experimental o epidemiológico le aburre, así que para él es mejor entender que los testimonios personales son más reales, aunque carezcan de respaldo estadístico y científico.
Por eso en esta ocasión he querido analizar por qué esta estrategia funciona tan bien en comunicación, cuáles son sus peligros, y si es posible hacerlo de forma ética y creíble usando evidencia científica sólida. Sobre todo, para no tomar este contenido de referencia ante una decisión que puede impactar negativamente en nuestra salud.
Expectativas poco realistas
Es bastante común que ahora los creadores de contenido usen el storytelling, eso que de toda la vida usaron grandes empresas para promocionar sus productos ( lo mismo que hace que te sientas sentimental tras ver una de sus publicidades porque empatizas con ellos), y evocan a lo emocional más que a lo racional.
Desde un punto de vista científico, las historias personales, donde no tenemos ningún estudio con grupo control, un seguimiento y mediciones por ejemplo del estilo de vida, parámetros clínicos o la genética, difícilmente podemos conocer y aceptar los resultados que se nos venden como verídicos.
Además, lo más normal es que en estas publicaciones se comparta solo los resultados positivos de un momento específico. Y en este sentido la falta de información que se olvida mencionar por parte del protagonista, tiene un gran impacto en su historia real.
Pero las historias emocionales generan confianza inmediata y a nuestro cerebro le encanta recordar historias, no estadísticas. Un gráfico o un paper científico resulta agotador de entender en ciertos casos y por eso en ocasiones confundimos “experiencia personal” con “evidencia científica”. Aunque esto no haya sido impedimento para que muchos utilicen en sus historias el slogan “ estudios demuestran” aún sin haber leído el paper, pero esta cuestión la trato aquí.
La cuestión es que, el hecho de que alguien común obtuvo resultados positivos con algún método específico, puede darte esperanzas de que tu también lo podrás conseguir. Convirtiendo esta estrategia de resultado en un gancho muy valioso para compartir contenido, aunque el proceso deje mucho sesgo por el camino.
De esta forma evitando un análisis crítico consumimos servicios o productos solo por la confianza hacia la persona que lo muestra. Aunque pongamos en riesgo nuestra salud.
Una investigación de la revista Social Science & Medicine en 2022 (1) analizo cómo las características individuales, como baja alfabetización en salud, estilos de pensamiento más intuitivos en lugar de analíticos o la falta de habilidades para distinguir evidencia, se asocian con mayor susceptibilidad a desinformación en salud.
Además, en un ambiente donde evaluar críticamente la publicidad y testimonios la confianza hacia personas conocidas o carismáticas suele pesar sobre la evidencia, la situación se nos complica cuando el testimonio crece en número de personas por aquellas que dicen haber probado “el método”, sean conocidas o no, o incluso sin tener evidencia sólida que respalde su palabra, este exceso de testimonios nos da sensación de seguridad.
En los últimos años, cuando los comentarios positivos de personas validan el método en cuestión, se viralizan tan fácil y rápido, que alimenta la estrategia y se sigue replicando. En ocasiones hasta empresas que tienen mayor alcance en publicidad utilizan los perfiles de personas que tienen una audiencia generada por su “credibilidad”. Y es que, como no vamos a creerle a la empresa Perfectil con sus milagrosas vitaminas si Heidi Klum afirma que: “Yo creo en aquello de que comes lo que eres… creo que un multivitamínico me ayuda a tener uñas más bonitas, piel y cabello.”

El riesgo de basar decisiones en “datos pequeños”.
Daniel Kahneman en su libro Pensar rápido, pensar despacio, explicaba como la ley de los pequeños números puede sesgar la información. El ejemplo que pone es sencillo: “Si un estudio ha producido tres películas de éxito desde un nuevo directo, esto no significa que se deba afirmar que el director es bueno . Porque sería demasiado pronto”.
Así que, al igual que un estudio de películas, presentar pocos casos de éxito relacionado con la salud como si fueran lo típico, no solo no funciona como prueba infalible, si no que puede generar frustración cuando la mayoría no obtenga ésos resultados.
Es cierto que, al iniciar nuevos hábitos, sobre todo al principio se pueden notar esos pequeños cambios de forma rápida. Sin embargo, esto no significa que los métodos sean sostenibles en el tiempo. Por ejemplo, imagina que pruebas un método de pérdida de peso promocionado como “ pierde 10 kilos en 22 días” y puedes confirmar que funciona. Esto suele deberse a factores transitorios durante las primeras semanas, como la reducción del glucógeno, el agua corporal o la ingesta calórica abrupta, más que a una transformación metabólica profunda. De hecho, hasta un estudio donde se aplicaron dietas bien estructuradas durante 5 o 12 semanas se observó que los participantes recuperaron aproximadamente la mitad de su peso perdido (2).
Pero en redes sociales solo veremos el “antes y después” de un cambio físico y rara vez se cuente cuánto tiempo, esfuerzo o recaídas ha sufrido la persona. Sin mencionar factores que pueden alterar resultados (edad, sexo, genética, estado de salud, adherencia, entorno social, etc).
Si no se explican limitaciones, contexto, contraejemplos, los consumidores pueden creer promesas y en nutrición el riesgo no es solo emocional, el uso inapropiado de consumir servicios o productos promocionados puede causar efectos adversos, carencias, problemas metabólicos y/o psicológicos.
Otro inconveniente que me encuentro es que el no contar los fracasos , se distorsiona la percepción de lo “normal”. Este fenómeno, conocido como publication bias o sesgo de publicación, ocurre cuando los resultados positivos se reportan más y con mayor visibilidad, mientras que los negativos o neutros quedan ocultos (3,4). En consecuencia, la información que llega al público y muchas veces también a los profesionales no refleja la realidad completa, sino una versión sesgada en la que el éxito parece mucho más común de lo que realmente es.
¿Se puede comunicar mejor?
La cuestión se puede complicar aún más.
Aunque existan casos donde la credibilidad no se sustenta con evidencia y tengamos compañeros sanitarios desmintiendo cada cinco minutos, tenemos otra versión de contenido que crece aún más rápido.

Seguro has visto alguna historia personal llena de sentimiento que te genera empatía y te sirve como modelo de inspiración tras ver que es capaz de contar una parte negativa de su vida con la que te identificas. Me refiero a las narrativas de tipo “superé un trastorno” o “me reinventé con la comida saludable y esto me funciono”. Contenido que en ocasiones utiliza una comunicación que tampoco está basada en honestidad ni mostrando los límites de conocimiento de los cuales se carecen. Cuestión que refuerza paradójicamente los patrones de conducta de aquello que promociona, perpetuando la lógica del mismo trastorno: control obsesivo, recetas que giran alrededor de restricciones disfrazadas de “saludables”, cuerpos convertidos en escaparates, y métodos de vida que se presentan como universales cuando en realidad son personales y, muchas veces, dañinos.
Por lo que, realmente veo difícil mejorar la comunicación cuando se usa un marketing con disfraz de sanación argumentando la salud en formato de venta. Teniendo en cuenta y sabiendo de buena mano que cuando los pacientes realmente presentan un problema de salud, no lo promocionan, lo protegen.
El debate está en saber hasta dónde llegará o evolucionará ese testimonio persuasivo que argumenta las publicaciones actuales con la idea genuina de “ayudar a otros que estén pasando por lo mismo” con un fin económico personal, cuando realmente la salud no debería ser un argumento de venta, ni para quien lo promociona un contenido ni para quien lo sigue o lo consume.
En este sentido lo importante que debemos saber es que, los datos pequeños basados en historias personales tienen un objetivo: motivar, inspirar, conectar, pero en ningún caso reemplazan los datos grandes que ayudan a tomar decisiones a la comunidad científica para saber qué es lo que realmente funciona y bajo qué contextos. Y en cualquier caso como si se tratara de una empresa, los datos no mienten. Pero se puede mentir con los datos.
Fuentes:
Nan X, Wang Y, Thier K. Why do people believe health misinformation and who is at risk? A systematic review of individual differences in susceptibility to health misinformation. Soc Sci Med. 2022 Dec;314:115398.
Muhammad H, Vink R, Roumans N, Arkenbosch L, et al. Dietary Intake after Weight Loss and the Risk of Weight Regain: Macronutrient Composition and Inflammatory Properties of the Diet. Nutrients. 2017; 9(11):1205.
Dickersin K. The existence of publication bias and risk factors for its occurrence. JAMA. 1990; 263(10):1385-9.
Ioannidis JP. Why most published research findings are false. PLoS Med. 2005; 2(8): e124.



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